

“Él no está aquí; ha resucitado, tal como dijo”. — Mateo 28:6
La mañana de Pascua no comenzó con una celebración: comenzó con cansancio, dolor e incertidumbre. Las mujeres que se acercaban al sepulcro llevaban especias en las manos y dolor en el corazón. No esperaban un milagro. Simplemente intentaban ser fieles en medio de la angustia.
Como mujeres, esa parte de la historia me resulta familiar.
Apareces día tras día, preparando almuerzos, secándote lágrimas, pagando facturas, haciendo malabarismos con las emociones, a menudo cargando cargas que nadie más ve en su totalidad. Algunas estaciones se sienten pesadas. Tal vez estés atravesando por la decepción, la soledad, las luchas de los padres o simplemente el cansancio de ser siempre necesario. Al igual que esas mujeres, estás haciendo lo correcto, incluso cuando tu corazón está cansado.
Pero la Pascua nos recuerda esta poderosa verdad: Dios está obrando incluso cuando menos lo esperamos.
El domingo por la mañana temprano, al amanecer del nuevo día, María Magdalena y la otra María salieron a visitar el sepulcro.
¡De repente hubo un gran terremoto! Porque un ángel del Señor descendió del cielo, hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su rostro brillaba como un relámpago y su ropa era blanca como la nieve. Los guardias temblaron de miedo cuando lo vieron y se desmayaron.
Entonces el ángel habló a las mujeres. «¡No tengas miedo!» dijo. «Sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. ¡No está aquí! Ha resucitado de entre los muertos, tal como dijo que sucedería. Venid, ved dónde yacía su cuerpo. Mateo 28:1-6
La piedra no fue quitada para que Jesús saliera; fue quitada para que las mujeres pudieran ver hacia adentro. Para que pudieran ser testigos de que lo que parecía el final era en realidad el comienzo. Lo que parecía una pérdida fue en realidad una victoria.
Lo mismo es cierto para cada uno de nosotros. Dios no ha terminado con la situación que creemos definitiva. Dios puede redimir el dolor que llevamos. Dios nos ve y nos encuentra cuando el cansancio es abrumador.
La resurrección no es sólo un momento de la historia: es una promesa para tu vida diaria.
Parece fuerza cuando pensabas que no te quedaba ninguna.
Parece paz en una situación que aún no ha cambiado.
Parece que sus hijos ven la fe vivida, incluso cuando es difícil.
Y a veces la resurrección es silenciosa. Se encuentra en pequeños momentos: una respiración profunda antes de responder con paciencia, una oración susurrada en el auto, la decisión de confiar en Dios una vez más.
La Pascua nos dice que la muerte no tiene la última palabra, sino Dios.
Entonces, cuando te sientas sepultada bajo el peso de la maternidad o de las circunstancias, recuerda: Dios se especializa en dar vida a lo que se siente muerto. Todavía está rodando piedras. Sigue abriendo camino donde parece que no lo hay.
Hoy en día, no es necesario tenerlo todo junto. No tienes que sentirte fuerte. Sólo tienes que venir tal como eres, como lo hicieron esas mujeres, y confiar en que Dios te encontrará allí.
Porque Él lo hará.
Y al igual que esa primera mañana de Pascua, lo que esperas que sea otro día normal y pesado podría ser el lugar donde la esperanza vuelve a surgir.
Este devocional está escrito por Amy Carrico.
Última actualización el 7 de abril de 2026
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